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Un Dios que podemos ver y tocar

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Hay algo dentro del alma humana que anhela un Dios visible, al que podríamos tocar con las manos. Tal vez recordamos que antes de sumirnos en la oscuridad del pecado sí podíamos ver a Dios; ¡podíamos conversar cara a cara con él, como quien habla con un amigo!


Ahora solo vemos a Dios de manera indirecta y velada. La Biblia nos declara que él “no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos” (Hechos 17.27–28), pero de todas formas no lo vemos cara a cara como antes. Seguimos con el deseo de verlo más claramente. ¿Será por eso que en algunas culturas la gente hace imágenes, “dioses” que pueden ver con los ojos y tocar con las manos? ¿Será por eso que en otras culturas (que se imaginan muy avanzadas) a la gente le fascina mucho más las capillas lindas y agradables desde el punto de vista, que las vidas limpias y cambiadas a la imagen de Dios?


Los de corazón limpio son los que verán a Dios: “Dichosos los de corazón
limpio, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5.8). Dios habita en corazones limpios. Por eso los de corazón limpio lo ven, aunque de manera velada.


A propósito, ¿sabías tú que aquel ubicuo Dios en el que vivimos, nos movemos y somos vino a la tierra como ser humano, como una persona que podíamos ver y tocar? El apóstol Juan y otros lo vieron y lo tocaron. Juan escribe, en 1 Juan 1.1–2:

“Lo que ha sido desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que hemos tocado con las manos, esto les anunciamos respecto al Verbo que es vida.”

Esta vida se manifestó. Nosotros la hemos visto y damos testimonio de ella, y les anunciamos a ustedes la vida eterna que estaba con el Padre y que se nos ha manifestado.

Los de corazón limpio verán a Dios otra vez. ¡Lo verán algún día cara a cara, y se regocijarán!
Espero que seas uno de ellos.

—Daniel R. Huber

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